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Bien podríamos iniciar este breve escrito bajo la rúbrica educativa que nos dicta una serie de pasos al proponer un tema o mensaje, pero no lo haremos así. Dado que una “regla (gramática) es un marcador de poder”, evitaremos los binomios que genera la educación sistematizada mediante rúbricas. Dicha rúbrica, entendida como “herramienta de evaluación para comunicar expectativas de calidad”, será nuestro enemigo. ¿Por qué? Porque “las palabras no son herramientas…” (D&G, Mil Mesetas, p. 82). Con esto mostraremos que algo hemos captado del trabajo de Margarita Valencia Triana, nacida en Tijuana, México. Cuya enseñanza se encuentra más en su mensaje y sus trabajos de activismo y performance, que en el proceso lógico-racional. Pero para esto debemos aceptar que: “En la actualidad, el mundo en su complejidad de relaciones no puede ser entendido ni descrito sin considerar a la violencia y al consumo como fenómenos vertebrados del mismo” (Capitalismo gore, p. 75).

Si “el Estado pretende ser la imagen interiorizada de un orden del mundo y enraizar al hombre” (D&G, Rizoma, p. 28), entonces “un cuerpo es un modo de la extensión” (Deleuze, Spinoza, p. 47). Y cuando Sayak Valencia nos demuestra el uso de las lógicas del capitalismo, cuyo funcionamiento deviene maquínico, nos obliga a confrontar aquello que no queremos ver, aceptar, analizar, comprender y hasta desearíamos poder negar o rechazar. Saber que detrás de un complejo laboral existen vidas que tienen otro trabajo y laboran para ayudar a otrxs, o que detrás de una gran personalidad hay todo tipo de actos que sobrepasan la legalidad de su imagen pública (príncipe Andrés de York), estos y todo tipo de casos nos recuerdan que las cosas son más complejas de lo que pensamos y nos hacen creer. Integrar esta complejidad del mundo es comprender la violencia y el consumo como parte de los beneficios que se nos venden y, fácilmente, compramos.

Ante esto cabe recordar el Spinoza de Deleuze: “No es la filosofía la que es optimista, es la lógica la que lo es. Ella no puede pensar el mal, no puede pensar el movimiento, no puede pensar el devenir” (Clase II, p. 61). Con esto hacemos referencia a las lógicas de la moralidad implícita en el capitalismo mundial organizado, que bien nos explica Sayak Valencia en su libro: “Capitalismo Gore”, cuyo sentido es el análisis crítico de las condiciones actuales que todos vivimos. A pesar de que: “El sentido es una entidad no existente, e incluso tiene relaciones muy particulares con el sinsentido” (Lógica del sentido, p. 7). La propuesta resulta concentrarse en el análisis de las formas en las que convivimos con esta empresa moral del juicio (juzgar). La existencia entre el juicio y el valor está directamente relacionada y mediatizada con el entorno, contexto social que aplaude ciertas acciones y condena otras. Una especie de moralidad que todos vamos conformando en un sistema que nos controla, pero todavía no nos domina. ¿Cómo es que todavía no nos domina? Porque tenemos la potencia de actuar, es decir, la ética o, mejor aún, deberíamos decir: lo ético.

“La moral es la empresa de juzgar no solamente todo lo que es, sino al ser mismo… La esencia del hombre debe ser tomada como fin por el hombre existente. Entonces, conducirse de manera razonable, es decir hacer pasar la esencia al acto, es la tarea de la moral. Ahora bien, la esencia tomada como fin es el valor. Ven que la visión moral del mundo está hecha de esencias. La esencia no está más que en potencia. Hay que realizarla… En un mundo ético ya no hay nada de eso” (Deleuze, Spinoza, pp. 70–71).

Es el valor moral lo que le permite a Sayak Valencia hacer uso de un acto distinto al juicio y la sentencia, con el objetivo de construir alternativas ante la simplificación y generación de etiquetas. ¿No es acaso la moralidad la que nos obliga a emitir juicios que terminan en posiciones polares? Todos suponemos saber lo que está bien y lo que está mal y, ante esa pre-concepción, justificamos nuestros juicios a partir de un “deber ser” que no existe sino a través de la aprobación del otro. Es por medio de las personas que nos rodean, de lo que consumimos, de las acciones que llevamos a cabo con familiares o conocidos, como vamos generando “más de lo mismo”, es decir: nuestra identidad. Pero resulta que en este mundo, dichas identidades se constituyen en un mercado que las explota. Explotación que no se divide en directa/indirecta, consciente/inconsciente, sino que ocurre al mismo tiempo en el que se construye. Un ejemplo está en el acto de escribir este artículo: posibilitado por aparatos electrónicos cuyas materias primas tienen un alto porcentaje de venir de la explotación de otra persona en alguna parte del mundo que posibilita la legalidad de dicha explotación.

Así, una persona que cree en un movimiento particular, se unirá con otros que creen lo mismo. Antes de unirse, los analiza, aprueba, rechaza o justifica a partir de sus principios del “deber ser”: esto es el juicio moral. Durante este juicio valoramos esencias y las llevamos al acto; es en este proceso donde formamos parte de un “biomercado” en el que consumimos de todo. “El consumo también condiciona nuestros cuerpos, determinando su forma, atravesando nuestra identidad y exigiendo que nuestros afectos se inscriban dentro de una marca registrada” (Manifiesto: Con fronteras no hay orgullo).

Cuando Sayak Valencia habla de “sujeto endriago” se refiere al análisis de Roberto Saviano sobre la estructura que generan los mercados negros del capital, poniendo y necesitando de una persona en un constante puesto de poder. “El endriago no es un héroe, ni un sujeto de resistencia legítima dentro de las nociones habituales ni pretende serlo; es un empresario que aplica y sintetiza literalmente las lógicas y las demandas neoliberales más aberrantes: La lógica del empresario criminal, el pensamiento de los boss coincide con el neoliberalismo más radical… Estar en situación de decidir sobre la vida y la muerte de todos, de promocionar un producto, de monopolizar un segmento de mercado, de invertir en sectores de vanguardia es un poder qu se paga con la cárcel o con la vida (Saviano, 2008, p. 128)”. (Capitalismo gore, p. 158). Aspecto en el que Sayak Valencia no se queda en el análisis crítico ni en el juicio, sino que propone algo más allá del juicio moral.

“Valorar moralmente, desde una perspectiva unívoca, las acciones de los sujetos endriagos nos llevaría a elaborar un discurso que sólo los juzgue y los sentencie, impidiéndonos construir alternativas al devenir gore. Calificarlos desde un discurso puramente moral nos llevaría a simplificar sus acciones y a etiquetarlas bajo parámetros caducos, puesto que lo concreto de la realidad cotidiana se transforma a velocidades incalculables desbordando las nomenclaturas éticas.” (Capitalismo gore, p. 93)

¿Pero qué nos queda después del juicio moral, constituido por acciones que compenetran todo un gran mercado mundial? Los pequeños actos, las múltiples luchas de la vida cotidiana y personal, es decir, la micropolítica. Ante esto, “dos peligros deben ser evitados: la consideración institucional como extrínseca a lo personal, y el ampliar de manera excesiva la problemática institucional” (Guattari, Micropolítica, p. 292). ¿En dónde radica la acción micropolítica entonces? No en intentar cambiar el mundo con actos cotidianos, mucho menos el mejorar el self a través de meditaciones y un consumo orgánico; la acción micropolítica radica en el contacto con el cuerpo. Y nuestro cuerpo no es una parte del mundo y la existencia, sino que es el mundo y su existencia en un cuerpo. Por esto mismo resulta difícil asociarlo con una identidad que nos representa (identificaciones oficiales, por ejemplo) o como un objeto que nos pertenece. “Mi cuerpo” solemos decir constantemente, hasta que ese objeto de posesión pasa al otro: “mi hijo”, “mi novia”, “mi amigo”; expresiones del lenguaje que van exteriorizándose y tomándose como un interior en lo exterior. Esto continúa hasta que solemos asociarnos con una empresa a través de la primer persona del plural: “nosotros sostenemos el país”, expresión que puede venir de un trabajador de gobierno,de un empresario o de un proveedor de servicios privados.

Es en este enunciado sujetado por otro enunciado que se constituyen posicionamientos arcaicos de uno o múltiples controles maquínicos. “Elementos del lenguaje que están ahí no para aportar una significación, sino para señalar, en el enunciado, la huella del sujeto de la enunciación” (Guattari, ¿Qué es la ecosofía?, p. 97). Podemos indagar en las formas que usamos cotidianamente para expresarnos en relación al otro, ya sea que sea una función, una actividad, otra persona u otro objeto. ¿Cuántas veces tomamos al otro como objeto de nuestros deseos? Son tantas que perdemos la cuenta. Y no reconocemos que usamos al otro como medio y no como fin. ¿Y cuál de todos estos objetos es el primero que usamos como medio? Nuestro cuerpo. Aunque el uso de “nuestro” parezca caer en una contradicción con lo anteriormente dicho (shifter), es en nuestro cuerpo donde libramos las batallas más radicales de toda nuestra vida. No es en la historia general de la humanidad (figuras estatales, empresariales, puestos, carreras, estrellas de cine, desconocidos, vagabundos, drogadictos, etc.), sino en el tiempo total de nuestras vidas donde podemos generar un cambio. Un cambio relativo al aquí y ahora de “nuestro” momento particular, no a la imagen reflejada del “deber ser” en el otro. Éste nos parece el mensaje de Sayak Valencia.

“Es por potencia que actúo, pero es también por potencia que sufro, puesto que la potencia es el conjunto de lo que puedo tanto en acción como en pasión.” (Deleuze, Spinoza, p. 88).

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