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Ya que a lo largo del libro critican a una amplia variedad de autores que, claramente, no podrían ser considerados dentro del ámbito de lo que se llama “filosofía analítica”, sobre el cual el razonamiento crítico de Sokal y Bricmont parte, me centraré en la crítica referida a Deleuze y Guattari. El libro es muy polémico y tiene una carga que va más allá del sarcasmo; es una burla contra todos los autores que intentan develar. Los autores “criticados” son: Lacan, Kristeva, Irigaray, Latour, Baudrillard, Deleuze, Guattari, Virilio, Lyotard, Debray, Latour y Bergson. Una breve introducción a la polémica del libro se encuentra en el siguiente link.

http://web.sistemasfce.com.ar/…/Sokal%20%20Alan,%20Bricmont…

De acuerdo a Sokal y Bricmont, Deleuze y Guattari son parte de una “deshonestidad intelectual en el mal uso de la ciencia” y, aunque no intentan desprestigiar toda su obra, caen en lo mismo que critican, es decir: terminan siendo deshonestos en el mal uso que los primeros autores proponían con la combinación de conceptos científicos que usan para justificar su objetivo. Considerando, desde la perspectiva interaccional, los niveles de acción en los actos indirectos y las modificaciones funcionales de los actos (Análisis del discurso, pp. 227–237), resulta que los autores (Sokal y Bricmont) no consideran el uso de actos indirectos en referencia al contenido de los autores que critican. Lo que se tratará de demostrar y establecer es que las críticas que Sokal y Bricmont establecen sobre una amplia gama de autores que calificarán de “imposturas intelectuales” se posibilita por la confusión entre “fuerza ilocucionaria” y “acto locucionario”, es decir que confunden el valor pragmático de una expresión con el sentido del enunciado.

Tanto en el análisis que mantienen los interlocutores entre sí (los autores criticados en el libro) y la significación producida entre la proposición y las actitudes de los locutores respecto a ella (lo que los autores criticados establecen), existe una gran diferencia entre el “sentido de la enunciación” y el “sentido del enunciado”, que Sokal y Bricmont no paran de confundir. El ejemplo de esto, como se mencionó antes, será a partir de la crítica a la teoría de Deleuze y Guattari, respecto al uso/mezcla de conceptos epistemológicos varios en sus obras. Los argumentos críticos de Sokal y Bricmont, como se mostrará, no dan pie a la mezcla de significaciones en el ámbito de las ciencias, es decir, no aceptan la posibilidad de la deixis lingüística; método en el que no queda claro si carecen de una comprensión limitada o si su razonamiento es muy especializado como para poder ampliar el análisis de variables para su comprensión. En otras palabras, terminan criticando la estructura sintagmática de cualquier proposición que, a su juicio, mezcle más de dos significaciones epistémicas particulares.

Para ser más explícitos, se dará un ejemplo de lo dicho anteriormente.

Si un economista escribe y afirma lo siguiente: “Las importaciones evolucionaron asimismo de manera diferente durante los dos decenios de expansión.” (Urquidi, L., 2005, p. 144). De acuerdo al análisis de estos autores, se está haciendo un mal uso del concepto biológico de “evolución” y la proposición resulta ser errónea. Dado que Víctor L. Urquidi muestra que no ha entendido el concepto de “evolución” –elaborado por Darwin – , entonces sus afirmaciones resultan sospechosas y sus usos conceptuales generan posicionamientos dudosos respecto al análisis económico que hace de América Latina. Si fuera posible que las importaciones evolucionaran, entonces dejarían de llamarse así, puesto que la evolución se da en especies y, por lo tanto, lo que el autor genera es un cúmulo de confusión en el ámbito de la economía. Si usara el término “crecimiento” no habría problema. Pero al combinar un concepto científico de la biología, añade procedimientos dinámicos falsos a priori en el ámbito económico.

Aunque analizando seriamente el concepto darwiniano, podría incluso afirmarse que el economista hace un excelente uso del mismo. Pues: “…concebida de forma más amplia y filosófica, la evolución darwiniana es la que se da por la operación del azar y la destrucción de malos resultados, mientras que la evolución lamarckiana es la evolución que se da por efecto del hábito y el esfuerzo.” (Charles Sanders Peirce, I, La arquitectura de las teorías, p. 335). Entrando así de lleno a un repaso analítico del concepto de evolución: la proposición de Urquidi hace uso de una transversalidad de categorías entre las epistemes de la economía y la biología, uniéndose mediante la dinámica del azar y la destrucción, por medio de la perspectiva interaccional de los actos que la significan. Pero Peirce no confunde el sentido del enunciado con el sentido de la enunciación, como Sokal y Bricmont.

De manera paralela, consideraremos que lo que establecen en su Epílogo: “La época en la que vivimos parece estar marcada por el signo de la interdisciplinariedad.” (Sokal y Bricmont, p. 202), genera en los razonamientos críticos de los autores una paradoja irremediable. Por un lado afirman que nuestra época es la de la interdisciplinariedad y, por otro lado, critican cualquier intento teórico de unificar discursos entre disciplinas separadas por razones diversas, ya sean históricas, clínicas, prácticas, metodológicas, etc. Como si respetaran de manera ciega la conformación epistémica creada por el transcurso del tiempo a partir de la Ilustración (Sokal y Bricmont, p. 207); como si un matemático no pudiera usar conceptos artísticos para unificar teoremas dentro de su área, que resultan análogos a las dinámicas de su ámbito de estudio e investigación (Sokal y Bricmont, p. 53); como si ellos mismos no partieran de un razonamiento que podría definirse como analítico, más que como estrictamente científico.

Así de limitados –por no decir mecanicistas – , resultan los argumentos de los autores a lo largo del libro. O mejor dicho, buscan demostrar una erudición tan específica como profunda, que fallan en comprender cualquier pensamiento que busque añadir un número de variables mayor a las acostumbradas en los círculos científicos y académicos. Afirman de Deleuze y Guattari que: “En nuestra opinión, la explicación más plausible es que estos autores pretenden exhibir en sus escritos una erudición tan amplia como superficial.” (Sokal y Bricmont, p. 158). Pero lo que ellos mismos exhiben no es más que un intento muy débil de comprensión ante el sentido del enunciado, quedándose con la simple fuerza ilocucionaria o el acto locucionario, pero nunca contemplando ambos –lo cual es siempre necesario en el caso de las obras de Deleuze y Guattari.

“Pero debemos recordar siempre que E=mc2 tampoco es más que una concepción gramatical de la realidad en términos de categorías indoeuropeas del lenguaje.” (La Barre, 1954, p. 301). Lo que nos obliga a recordar la hipótesis whorfiana de la determinación lingüística sobre las categorías de la cognición, como parte de una revisión general del proceso cognoscitivo; resumida en el siguiente planteamiento: “¿en qué medida las categorías de nuestro pensamiento son modeladas por factores biológicos y culturales y dependen de ellos?” (Bertalanffy, p. 238). Problemática sobre la cual los planteamientos de Deleuze y Guattari se encuentran directamente entrelazados: por un lado, desde las sintaxis entre conceptos absolutos traídos de ciencias en homeostasis; por otro lado, en la construcción esquizo de una nueva percepción del mundo maquínico.

Veamos: cuando una lengua (e.g.: hopi) no distingue tiempos verbales, le resulta innecesario la construcción de una física. La existencia de físicas intemporales, como la estática griega, desarrolla un lenguaje distinto, cuyas dinámicas sociales cambian y tienden al infinito (τ = ➰). El pensamiento mecanicista se justifica en el dualismo cartesiano del cogito, cuya “duda metódica” evalúa los tiempos verbales de su lengua y ramifica sus conclusiones. De ahí que Deleuze y Guattari construyan un nuevo lenguaje (rizomático) en el que el uso de conceptos sea multidisciplinar e irreverente a sus respectivos campos epistemológicos (el tiempo desde Bergson, por ejemplo).

“Por lo que respecta al espacio, las lenguas indoeuropeas propenden mucho a expresar relaciones no espaciales merced a metáforas espaciales: duraciones largas o cortas; intensidades altas o bajas; tendencias a ascender o descender; expresiones latinas como educo, religio, comprehendo como referencias metafóricas espaciales (corpóreas): guiar, afuera, atar, etc.” (Whorf, 1952, p. 40)

Mediante estos ejemplos se trata de mostrar que el razonamiento lógico usado por Sokal y Bricmont se encuentra fuera de lugar, fuera de contexto, fuera de los campos analizados y considerados por Deleuze y Guattari. Como si sólo buscaran atenerse al uso de conceptos bien justificados en sus respectivos ámbitos científicos, evitando a toda costa contemplar categorías de ámbitos no científicos (en el sentido más técnico y formal del término). Pero la vida no hace uso de puros conceptos académicos, así como las matemáticas no investigan solamente en el campo de los números finitos o positivos. “Si una persona no sabe cómo razonar lógicamente, y tengo que decir que una gran cantidad de matemáticos bastante buenos -hasta distinguidos- se encuentran en esta categoría, sino que simplemente utiliza una regla práctica al realizar ciegamente inferencias como otras inferencias que han salido bien, por supuesto estará continuamente incurriendo en errores respecto de los números infinitos. La verdad es que tales personas no razonan en absoluto.” (Charles Sanders Peirce, I, La ley de la mente, p. 362)

No es sólo en el ámbito filosófico en el que se da la costumbre de usar expresiones metafóricas como: “la raíz del problema”, “el progreso del pensamiento”, “la vida superior”, “caer en error”, “agilidad mental”, etc. Por muy rigurosos que queramos ser en términos literales, será imposible eliminar la metáfora, la cual no es sinónimo de “simples recursos artificiales para hacer más vivo y poético el discurso, sino que es necesaria para la aprehensión y la comunicación de nuevas ideas.” (Cohen, 1975, p. 111). La ciencia ha mantenido todo tipo de nociones metafóricas y conducciones análogas, por ejemplo: “fluido eléctrico”, y sus correspondientes analogías como “diferencia de potencial”, “dirección del flujo”, etc. (Cohen, 1975, p. 112).

Como complemento, el análisis de Thomas Kuhn sobre cómo los trabajos de Laplace extendieron la física matemática de Newton a temas no matemáticos, es también un claro ejemplo de que por muy estricta que sea la metodología científica y su pensamiento analítico, el lenguaje tiene sus maneras de asociar cadenas de ideas, en donde se vuelve necesario saber diferenciar entre el sentido del enunciado y el sentido de la enunciación. Considerando la modificación gradual en la identidad percibida de las matemáticas durante el siglo XIX, en especial las teorías cualitativas matematizadas (Fourier, Laplace, Carnot, Poisson, Ampére), se requirió romper barreras conceptuales e institucionales (Kuhn, El desarrollo de la física, pp. 86–88).

Por lo tanto, Sokal y Bricmont terminan confundiendo el sentido de los objetivos de las proposiciones y caen en la falacia ad hominem de criticar el sujeto del enunciado, suponiendo que el sujeto de la enunciación ha perdido el terreno en el sentido proposicional de lo que quería expresar temáticamente. ¿Por qué se aboga por la falacia ad hominem, en relación a las críticas de Soak y Bricmont a lo largo del libro? Porque, precisamente en el caso de Deleuze y Guattari, que critican o llaman “impostores”, no hay ninguna pretensión por brindar criterios científicos con demarcaciones metodológicas predictivas.

Deleuze y Guattari nunca buscan conformar una nueva ciencia, sino fundamentar diferentes modelos conceptuales y materialistas para términos como: deseo, filosofía, producción, revolución, clínica, etc. La labor de Deleuze y Guattari se encuentra más cercana a un oficio, una artesanía, algo parecido a una ingeniería; campos en donde la teoría compartida es adecuada para establecer plausibilidad en una disciplina (esquizoanálisis) y fundamentar las reglas empíricas de su práctica filosófica. (Kuhn, La lógica del descubrimiento, p. 299). De ahí que en todo el libro de Sokal y Bricmont no se encuentren críticas la misma “línea” o “lógica” de pensamiento.

Por ejemplo, no se les ve criticar la justificación de Carnap para los beneficios del método cuantitativo, en su “Fundamentación lógica de la física” (1969). En ese bellísimo libro de Rudolf Carnap, los capítulos XI y XII resaltan por su cambio de razonamiento, que pasa de una lógica certera a una serie de opiniones y usos conceptuales que rayan en el juicio de valor. Los juicios de Carnap se limitan a considerar la riqueza-pobreza conceptual en relación al establecimiento de un modelo cuantitativo que, supuestamente, nos ahorra la sobrecarga de adjetivos en la memoria de nuestro lenguaje. (Carnap, pp. 148–150).

Lo cual es más una opinión que una prueba científica. Y que, aparte de evitar “las engorrosas expresiones que necesitaríamos si tratáramos de expresar la misma ley en términos cualitativos”, la ventaja más importante que supone es el uso que se hace de ella. Aquí ya es ridícula la justificación lógica que hace Carnap, pues si al principio generó un esquema pobre de pura analogía lingüística, ahora deja de lado las consecuencias socioeconómicas de explotación política que se han dado a partir de la maravilla que las predicciones nos dan, gracias al método cuantitativo. Pero Sokal y Bricmont no tomarían estos argumentos como “imposturas intelectuales”, ni el supuesto del abandono en la física de los números irracionales y la revolución que conllevaría (Carnap, p. 126). ¿Por qué? Porque los razonamientos de Carnap no involucran tantas variables conceptuales, tomadas de diferentes epístemes o esferas del conocimiento.

En fin, esto es un ejemplo de cómo el pensamiento de los autores en este libro podría considerrse «analítico», de cómo se limita a una comprensión muy particular de variables, evitando encontrar imposturas intelectuales en su misma “línea del pensamiento”; sólo para volver una impostura cualquier otra forma de razonamiento alejada de su método lógico-analítico. Una especie de fascismo intelectual en el área de la ciencia teórica.

Deleuze deja claro su uso lógico en las clases sobre Spinoza, en donde sus argumentos matemáticos buscan concebir un razonamiento particular, no hablar de teorías matemáticas. Cuando Deleuze habla de «el individuo como conjunto de partes y el infinito en el siglo XVII», en su clase del 10 de Febrero de 1981, establece ciertas bases de comprensión entre otras épocas y la nuestra. Menciona que «la actividad de los filósofos consiste en huir» (Deleuze, p. 325), refiriéndose a los errores de comprensión sobre lo que trata de hacer en su clase: comprender el razonamiento de infinito en el siglo XVII. Pero cada que lo intenta, se encuentra con problemas de interpretación actual. Así, cuando desarrolla la fórmula cartesiana, busca hablar de la suma, no propiamente de la fórmula (Deleuze, p. 333). A esto Sokal y Bricmont afirmarían que Deleuze no sabe de lo que habla, pero realmente fallan en comprender su objetivo. Muchos casos podrían ser atendidos, pero lo establecido previamente explica la falla en el lenguaje sobre los argumentos del libro en general.

«La relación de un libro con la idea es algo completamente diferente” al que se hace uso en nuestros tiempos, a saber, el de justificar una tesis para probar o no la relación de lo que otro autor dijo al respecto. Aspecto que el libro de “Imposturas intelectuales” no considera nunca, demostrando su razonamiento muy limitado respecto a “sacar ideas de libros”.

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