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Criticar esta erróneamente asociado a un acto destructivo o, al menos, a intentar desprestigiar o desvalorar la opinión de otro. Realizar una crítica no tiene nada que ver con encontrar el punto débil o el secreto del otro para derrumbar todo su valor, ya sea a nivel personal o argumentativo. Pero criticar no tiene que ver con la extracción de un secreto para realizar una acción en contra. Criticar es analizar las reglas implícitas en el enunciado, con el objetivo de razonar sus consecuencias lógicas, es decir la coherencia de dicho argumento.

Esto podrá sonar muy abstracto o difícil. Abstracto es, sin duda alguna. Pero difícil de entender, en absoluto. Un ejemplo cotidiano de una crítica imparable y, la mayoría de las veces, correcta, es realizada a todo momento por las y los niños. La niñez es una etapa en la que se llevan a cabo experimento continuos sobre el desarrollo de la coherencia en las acciones y los hechos. A medida que el cuerpo crece y el ser madura se pasa a un desarrollo sobre la coherencia de las cosas y las palabras, pero aquí ya no se es un niño sino un pequeño adulto.

Por un lado tenemos una intuición sobre las acciones y los hechos. Aquel que presencia hechos y acciones, todavía observa más de lo que interpreta. De los 6 meses a los dos años, está fase de razonamiento se encuentra en presencia de todo lo que le rodea, desde los efectos sobre su cuerpo hasta los procesos externos que requieren del otro (casi siempre la madre).

Por el otro lado, en una etapa de desarrollo posterior, comienza una máquina de asociaciones entre cosas y palabras que tarda mucho más en desarrollarse y trascenderse. Muchas personas continúan toda su vida en esta fase. Se deja de percibir el acto para leer en su acción una cosa que algo debe significar. Ya no se ve una acción sino que se lee un significado; ya no se percibe un hecho sino que se adhieren palabras. La inteligencia ya no sirve a la lógica sino a la política humana: «me dice esto porque quiere de mí aquello». Y en base a esta interpretación, a éste saber leer signos, basamos nuestra educación, trabajo, valores, moralidad, negocios y todo tipo de significados que rondan una supuesta inteligencia. Aquí muchos pierden sus recuerdos sobre la primera fase.

Es entonces cuando el recuerdo del adulto realiza una territorialización de la infancia: lee signos e interpreta significaciones donde sólo existían hechos y acciones. Olvida que el bloque de infancia funciona de otra manera. La primera infancia es la única y verdadera vida del niño. Observar y dejarse interesar por un animal, una caja de cartón, un sonido, un sabor es una existencia que se desplaza en el tiempo, con el tiempo, para reactivar el deseo y hacer que se multipliquen sus conexiones.

«Los bloques de infancia, no sólo como realidades sino como métodos de disciplina, no dejan de desplazarse en el tiempo, inyectando niñez en el adulto o inyectando supuesta madurez en el verdadero niño.» (Deleuze y Guattari, Kafka, p. 114)

Lo que recordamos de la infancia es aquello que reconstruimos en el presente sobre las cosas y las palabras, es decir, lo que interpretamos y significamos en nuestro adulto aquí y ahora. Claro que hay sentimientos e imágenes en el recuerdo, pero esos son los hechos y las acciones. El adulto se pierde en una imagen de su niñez como adulto, no de la niñez que fue. Porque su niñez ya fue, precisamente añade una segunda imagen a su presente, llamándole pasado. Pero la niñez, este ser que observa y arma una coherencia en las acciones y hechos de su instante, se vive siempre y cuando se experimente el presente. Resulta entonces curioso que los «traumas de infancia» sean usados por un adulto como excusa o explicación para su situación actual. El psicoanálisis ha explotado este error temporal para darse trabajo y crearse un valor. Pero no se actúa repetitivamente porque se reprimió, uno reprime cuando repite.

«Seguramente los niños no viven como nuestros recuerdos de adultos nos hacen creer, ni siquiera como ellos lo creen según sus propios recuerdos casi contemporáneos de lo que hacen. El recuerdo dice: “¡padre, madre!”, pero el bloque de infancia está en otro lado, en intensidades que el niño compone bajo otros criterios, que no son los del adulto. Ah, la sexualidad infantil: no es precisamente Freud quien nos da una buena idea de ella.» (Deleuze y Guattari, p. 115)



Referencias: Deleuze y Guattari. (1978). Kafka, por una literatura menor. Mexico: Claves.

Imagen inicial: «Dana y Evo» (2020), por Erik Rivera. «El Niño terrible».

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